¿Respeto a la “investidura” o connivencia con el latrocinio?
Por Nicolás Márquez
Soberano es aquel que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente.
En las monarquías, el soberano es el Rey. A contrario sensu, en las democracias el soberano es el pueblo y no el Presidente.
Más aún, el Presidente ni siquiera es el “Primer Mandante”, sino el “Primer Mandatario”, vale decir, es depositario de un mandato, de una orden, de una directiva que le otorga, en este caso, el pueblo.
Luego, el Presidente/a democrático no es más que un empleado del pueblo, un servidor, un asalariado, en suma, es un sirviente.
El Presidente no sólo le debe a su empleador y mandante (el pueblo) obediencia y subordinación sino también respeto.
Teóricamente, el primer sirviente también merece ser respetado, pero la pusilanimidad sociológica de la Argentina ha confundido la noción de respetar al Presidente con la de rendirle pleitesía, bajo el elástico subterfugio de no molestar la “investidura presidencial”. A través de este aforismo protocolar, ya no se trata simplemente de respetar a un empleado público sino de rendir culto a quien no se lo trata como a un subordinado sino como a un jefe, patrón o empleador, antes que a nuestro primer changarín institucional (que en definitiva el Presidente es eso).
A diferencias de un gasista (a quien le exigimos matrícula habilitante para confirmar conocimientos técnicos), a nuestro/a primer sirviente/a no sólo no se le exige idoneidad profesional ni moral, sino que tampoco se le solicita rendición de cuenta alguna y encima ante sus eventuales felonías si quiera se le levanta el tono de voz a la hora del regaño (a fin de no incomodar la venerada investidura de quien es nuestro subalterno/a).
En efecto, el grueso de la siempre rastrera “dirigencia” opositora (sea que ésta ejerza el periodismo o cargos políticos), frecuentemente temerosa y afecta a la prudencia culposa, trata de modo mucho más despectivo a su mismísima empleada doméstica si esta no sazonó bien la comida y a la primera mandataria (que es portadora de honorarios, responsabilidades y privilegios varios) apenas le desliza críticas colaterales, secundarias o accesorias, siempre procurando hacer todos los esfuerzos para que con esta “crítica constructiva” la persona detentador/a del PEN no se sienta molesta, ni incómoda, ni agraviada, ni ofendida ni estresada.
Entonces se actúa con mayor prepotencia ante algún eventual descuido del mozo, el maletero o la lavandera y a quien sí se debería regañar con toda energía y sin formalismos hipócritas ante el ostensible latrocinio institucional, apenas se le dedica un amable malabarismo dialéctico llamando pacientemente al Poder Ejecutivo “a la reflexión” ante cada atraco patrimonial o institucional.
Es verdad que lo cortés no quita lo valiente, pero acá confundimos cobardía con cortesía, la misma cortesía que luego “la dirigencia” disidente no usa a la hora de reclamarle una falta a la telefonista de su oficina.
A todo aquel que se maneja con este puntilloso modus operandi, en los círculos políticamente correctos se lo denomina obrar con caballerosidad y estilo, pero en mi barrio se le dice actuar como un cagón.
¿Será que a veces los conceptos de la sabiduría popular son más certeros que las parsimoniosas definiciones del léxico oficial?
viernes, 2 de noviembre de 2012
RESPETO ??
¿Respeto a la “investidura” o connivencia con el latrocinio?
Por Nicolás Márquez
Soberano es aquel que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente.
En las monarquías, el soberano es el Rey. A contrario sensu, en las democracias el soberano es el pueblo y no el Presidente.
Más aún, el Presidente ni siquiera es el “Primer Mandante”, sino el “Primer Mandatario”, vale decir, es depositario de un mandato, de una orden, de una directiva que le otorga, en este caso, el pueblo.
Luego, el Presidente/a democrático no es más que un empleado del pueblo, un servidor, un asalariado, en suma, es un sirviente.
El Presidente no sólo le debe a su empleador y mandante (el pueblo) obediencia y subordinación sino también respeto.
Teóricamente, el primer sirviente también merece ser respetado, pero la pusilanimidad sociológica de la Argentina ha confundido la noción de respetar al Presidente con la de rendirle pleitesía, bajo el elástico subterfugio de no molestar la “investidura presidencial”. A través de este aforismo protocolar, ya no se trata simplemente de respetar a un empleado público sino de rendir culto a quien no se lo trata como a un subordinado sino como a un jefe, patrón o empleador, antes que a nuestro primer changarín institucional (que en definitiva el Presidente es eso).
A diferencias de un gasista (a quien le exigimos matrícula habilitante para confirmar conocimientos técnicos), a nuestro/a primer sirviente/a no sólo no se le exige idoneidad profesional ni moral, sino que tampoco se le solicita rendición de cuenta alguna y encima ante sus eventuales felonías si quiera se le levanta el tono de voz a la hora del regaño (a fin de no incomodar la venerada investidura de quien es nuestro subalterno/a).
En efecto, el grueso de la siempre rastrera “dirigencia” opositora (sea que ésta ejerza el periodismo o cargos políticos), frecuentemente temerosa y afecta a la prudencia culposa, trata de modo mucho más despectivo a su mismísima empleada doméstica si esta no sazonó bien la comida y a la primera mandataria (que es portadora de honorarios, responsabilidades y privilegios varios) apenas le desliza críticas colaterales, secundarias o accesorias, siempre procurando hacer todos los esfuerzos para que con esta “crítica constructiva” la persona detentador/a del PEN no se sienta molesta, ni incómoda, ni agraviada, ni ofendida ni estresada.
Entonces se actúa con mayor prepotencia ante algún eventual descuido del mozo, el maletero o la lavandera y a quien sí se debería regañar con toda energía y sin formalismos hipócritas ante el ostensible latrocinio institucional, apenas se le dedica un amable malabarismo dialéctico llamando pacientemente al Poder Ejecutivo “a la reflexión” ante cada atraco patrimonial o institucional.
Es verdad que lo cortés no quita lo valiente, pero acá confundimos cobardía con cortesía, la misma cortesía que luego “la dirigencia” disidente no usa a la hora de reclamarle una falta a la telefonista de su oficina.
A todo aquel que se maneja con este puntilloso modus operandi, en los círculos políticamente correctos se lo denomina obrar con caballerosidad y estilo, pero en mi barrio se le dice actuar como un cagón.
¿Será que a veces los conceptos de la sabiduría popular son más certeros que las parsimoniosas definiciones del léxico oficial?
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